Quién vas siendo
Si puedes oír la voz, hay un “tú” que la escucha y no está obligado a firmar lo que dicta. El personaje se rehace viviéndolo distinto, no a fuerza de afirmaciones.
Si puedes oír la voz, hay un “tú” que la escucha y no está obligado a firmar lo que dicta. El personaje se rehace viviéndolo distinto, no a fuerza de afirmaciones.
No le ganas al surco a fuerza de voluntad: le ganas cambiando el terreno, para que el camino bueno cueste menos y el viejo deje de tirar tanto.
Podría explicarse cada detalle de cómo funciona tu cerebro y aun así quedaría intacto por qué hay alguien en casa. Recíbelo como asombro, no como deuda.
La ley de atracción reparte culpa con la misma mano con que reparte esperanza, pero esa culpa casi siempre es fabricada, no merecida: no atrajiste tu dolor.
No apagas la alarma del cuerpo a la fuerza: la reeducas, con muchas pequeñas pruebas de que hoy no hay incendio. Y la calma también se contagia.
Soltar no es no hacer: es una fuerza distinta, la que afloja el puño. Y la maña no es soltar siempre, sino leer qué mano pide cada momento.
l estado de tu cerebro es físico, y se mueve con palancas físicas, no con un buen propósito. Y la jugada que más cambia: no decidas desde la grada baja.
Eso que crees de ti, “no valgo”, “no es para mí”, no es un dato sobre quién eres: es una línea que te tallaron temprano. No la dibujaste tú.
La amistad no es un campo que emites y que llama o repele: son hilos que se tienden con horas. Si te faltan amigos casi nunca es tu vibra, son horas que no han pasado.
Cuidar una herida no es atacarla para convencerte de que ya no duele: es protegerla y darle tiempo. Y no toda herida pide cerrarse; algunas piden ser sostenidas.
Lo que tu mente anuncia es una apuesta, no una noticia. Y una apuesta no se corrige a la fuerza: se recalibra con pruebas, separando lo posible de lo probable.
No le mandas a tu reloj, lo acompañas, en su idioma, que es la luz y la hora. Lo que se puede alinear se alinea; lo que no, se suelta sin culpa.